Por JULIO CARRASCO La otra vez, en el gimnasio, escuché a un tipo afirmando muy contento que hay dos clases de motociclistas: los que ya se sacaron la cresta y los que todavía no se la han sacado (me soplan que es un chiste del Coco Legrand, bastante fome por lo demás, pero para el caso da lo mismo).

Él decía ubicarse entre los segundos, cosa que me parece muy bien. Lo malo es cuando le arreglan el tubo de escape a la moto para hacerse notar, porque, si se van a matar, ¿por qué tienen que hacerlo con escándalo? No los critico por sus esfuerzos para atraer la atención de la gente, sino por la forma en que lo hacen. Se gastan un turro de plata en comprarse una moto ruidosa y en disfrazarse y colgarse accesorios para estar a tono cuando hagan rugir el motor en una tranquila avenida poblada de auditores inocentes. Es como si tomaran un megáfono y se pusieran a gritar: “miren todos, aquí va un imbécil”. La explicación estaría, de acuerdo a mis lecturas, en el deseo de autoafirmación sexual de estos machos. He podido leer en la prensa declaraciones tan curiosas como que les gusta andar en motos grandes porque así tienen más “poder entre las piernas”. Claro, es más fácil fornicar con un estanque de bencina que someterse a la larga rutina de seducción que requiere una relación de pareja. Deben tener problemas con su falo, de otro modo no necesitarían comprarse uno de fierro.
Ocho de cada diez motociclistas son hombres, y cada uno de éstos se involucra en accidentes con una frecuencia 2,5 veces superior a la de las pocas mujeres que optan por este medio de transporte. Descartando a los motociclistas varones de más de 35 años, que rara vez sufren siniestros, veremos que quienes más se exponen son los jóvenes escandalosos: los que arman más bulla lo hacen por menos tiempo. Cada año, sólo en España, mueren alrededor de 430 de ellos, lo que no deja de ser una buena noticia. No he logrado encontrar estudios respecto a la realidad chilena, pero sería cosa de extrapolar los antecedentes teniendo en cuenta la densidad poblacional, para obtener cifras con una desviación menor al 20 por ciento, supongo.
Encima, quieren que los liberen del pago del tag. Deberían cobrarles el doble y el triple, por la diabólica agresión a que someten los tímpanos de la ciudadanía, pero también por las molestias que causan cuando desparraman sus tripas en el asfalto.
Por último, quisiera añadir que encuentro muy feo el sustantivo “motoqueros”, que han tratado de incorporar al castellano. Si necesitaban una expresión que los diferenciara de otras tribus urbanas, podrían haber pedido asesoría; seguramente no hubiese faltado quien les entregara nombres más apropiados a su condición, como por ejemplo: “energúmenos freudianos de la era post industrial”, “fiambres desarmables supuestamente rudos”, etcétera. Más "poder entre las piernas", tsss habrase visto. |