Por RODRIGO OLAVARRÍA ¿Han visto en disquerías y ferias persas esos discos titulados Música para hacer el amor, Música para amar, o cosas para el estilo? ¿Han escuchado la música que ponen de fondo en las películas porno, o más bien, en las películas porno de los años ochenta, que son las que vi durante mi niñez tardía y adolescencia precoz? Esas pobres guitarras y saxofones subutilizados en esos cursis y eternos solos nunca me dejaron indiferente.
Dos canciones siempre se repetían en esos discos bootlegs del fornicio, Je t’aime moi non plus de Serge Gainsbourg y Stairway to heaven de Led Zeppelin. Yo entiendo la inclusión de los gemidos de Jane Birkin en cualquier compilación vinculada al acto mismo, pero me sería imposible no descuajaringarme de la risa si llegara a escuchar una sola línea cantada por Robert Plant durante los preámbulos del acto amatorio. Pero ese soy yo, además admito que sólo una vez la música se puso entre mi deseo y el de mi coejecutora, fue en un momento muy romántico interrumpido por Peek-a-boo de Devo.
Las voces de los cantantes negros, desde Nat King Cole en adelante, son para mí la luz que brilla sobre los campos siempre verdes del amor, voces capaces de derretir un glaciar con una canción. Los nombres de Sam Cooke, Smokey Robinson, Otis Redding, Marvin Gaye & The Miracles, The Temptations, Al Green, Isaac Hayes y Luther Vandross hablan de una forma de amar casi olvidada, que fue la base sobre la cual los Beatles luego construyeron, se que los fab-four me darían la razón.
Recuerdo estar en la cama con un viejo amor escuchando You send me de Sam Cooke, Ooh, baby baby de Smokey Robinson o These arms of mine de Otis Redding, y pensar: vaya forma de amar la de esa época, rozando la metafísica. Una forma de amar que llega al paroxismo cuando Curtis Mayfield canta In the midnight hour, una canción religiosa que originalmente dice: “I’m gonna wait till the midnight hour/ that’s when my lord comes tumbling down/ I’m gonna wait till the midnight hour/ when there’s no one else around”. En ella Mayfield reemplaza THE LORD por MY LOVE y completa la misma operación mística realizada por san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús, claro que con unas líneas un poco más explícitas: “I’m gonna take you girl and hold you/ and do all the things I told you in the midnight hour”. Vaya canción. Además, esa sección de bronces tras la voz del bueno de Curtis es capaz de erizarle los pelos al más frígido.
Luego debemos hablar de los músicos blancos que fueron capturados durante su adolescencia por la dulzura de esas voces negras que les enseñaron lo que era amar y que les mostraron como llevar la sensibilidad original del blues a nuevos estados, poéticos en algunos casos, físicos en otros. Nadie puede negar que cuando el joven Elvis Presley manejaba un camión por los alrededores de Memphis escuchando las radios de los negros se estaba gestando una revolución sexual.
Una revolución declarada mucho antes que los jóvenes Rolling Stones cantaran en televisión I just want to make love to you de Muddy Waters. Un blues que en su versión original es interpretada por la impresionante voz de Muddy, que le saca el jugo a cada verso: “I don’t want you to be no slave/ I don’t want you to make my bed/ I don’t want you cause I’m sad and blue / I just want to make love to you”, es la sincera declaración de un hombre experimentado, que en la voz juvenil de Mick Jagger gana algunos puntos al expresar toda la urgencia del deseo, además la frenética armónica de Brian Jones hace que la canción parezca la declaración de amor de alguien que se ha tomado alguna anfeta de más.
Eric Burdon, líder de The Animals, The Zombies y otros grupos en los años 60 intentaron lograr la densidad sexual de la música negra y, como era de esperar, fracasaron. Jim Morrison puede haber sido sexy por derecho propio, pero difícilmente podríamos decir que la música de The Doors es sensual. Yo incluso he escuchado a gente decir que Lay Lady Lay de Bob Dylan es de las canciones más sexys que conocen, francamente no los entiendo y no le recomendaría a nadie que se acostase con ellos.
Veo solamente en Tim Buckley y Van Morrison el éxito en la empresa de la conquista de esa atmósfera plenamente sexual en que los cantantes negros se mueven como peces en el agua. Tim Buckley, en Sweet Surrender y Hong Kong Bar, por ejemplo, crea atmósferas sin muchos compromisos con la estructura, donde la improvisación y el uso de su magnífica voz son capaces de levantar lo que parece una canción trivial al nivel de un himno y el verso “surrender to love” a la altura de un mantra.
Van Morrison, independiente del estilo de la banda que lo acompañe, siempre se instala en un fraseo que, en mi humilde opinión, es de las pocas formas de incorporar exitosamente una voz blanca al blues, al soul o al sexo, digámoslo. Muchos se quebraron los dedos tratando de emular con guitarras eléctricas a sus ídolos bluseros, Eric Clapton, Jimmy Page, Michael Bloomfield y Jeff Beck, por ejemplo, pero no hicieron nada que no fuera rock n’ roll, lo que no es poco, mientras, Van Morrison le da vida al blues más allá del blues, al soul más allá del soul. Los discos Blowin’ your mind y Astral weeks revitalizan los géneros y los proyectan más allá de lo esperable, porque su trabajo no ocurre solamente en el plano formal de la música, sino también en las letras. Como ejemplo basta citar sólo una línea, llena de interpretaciones, sutilezas y perversidades: “Baby, I’ve done more for you than your daddy has ever done”. |
Rodrigo Olavarría |
| Acerca del Autor: |
| RODRIGO OLAVARRÍA Poeta y traductor. Nacido en 1979 en Puerto Montt. Fue becario de la Fundación Pablo Neruda durante 2001. Sus poemas han sido publicados en revistas como “Plagio”, “La Poesía, Señor Hidalgo” y “La Estafeta del Viento”. El año 2003 recibió una beca de creación literaria para escritores noveles del fondo del libro y la lectura. Ha publicado en las antologías “Quercipinión” (Ediciones Lar, Concepción, 2000), “(SIC)” (Valente Editores, Santiago, 2004), “Desencanto Personal” (Cuarto Propio, Santiago, 2004) y “Selección de Poesía 2005” (Fundación Nueva Poesía, Santiago, 2006). Es coorganizador de los encuentros latinoamericanos de poesía llamados “Poquita Fe” realizados en santiago los años 2004 y 2006. Ha realizado traducciones de la obra de Sylvia Plath, Lewis Carroll, Ezra Pound y otros, entre las cuales destacan “Aullido” de Allen Ginsberg (Anagrama, 2006) y “Madrid 1993” de Allen Ginsberg (Círculo de Bellas Artes, 2008).
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